Llevo tiempo comentando a mis seres más cercanos que la cocina barcelonesa está infectada de la Ferranadriamania. Perdona, ¿Ferranadriamania? Sí, es decir, aquella cocina que apuesta por un plato gigante lleno de salsas y condimentos de sabores extraños y con un minimalismo extremo del alimento escogido en sí. ¡Ah! Y todo por el módico precio del doble o más que pagarías en la cocina tradicional. Para mí, con todos los respetos, esto es lo que Ferran Adrià ha aportado a la cocina. Vamos, para ser claros, el de El Bulli ha creado una cocina que engaña al estómago y te deja con la misma cara con la que empezaste a comer.
Hoy, Santi Santamaría, que no es familiar mío, ha criticado este tipo de cocina, hasta el punto que ha llegado a decir que en ella se usan algunos productos peligrosos para la salud. No sé si será verdad o no, me da igual. Lo bueno de este golpe sobre la mesa de Santamaría es que alguien se ha atrevido a desprestigiar a Ferran Adrià, al que respeto, y a su cocina, la que no tolero.
Desde que a Adrià se puso de moda y empezó a recibir estrellas Michelín y condecoraciones varias, cenar bien en Barcelona es cada vez más complicado. Que si hamburguesitas con salsa de no sé que acento francés, que si un raviolli gigante con queso fundido por encima…que si cien euros por cabeza.
Y encima, alguno se atreve a decir que El Bulli tiene pérdidas. Sí, las pérdidas de tiempo que provoca en la gente que va a comer a este restaurante situado en uno de los pueblos más bonitos de Barcelona, Rosas. Demasiado paisaje para tan minimalista cocina.




