
Incombustible. Esta es la primera y última palabra que me viene a la mente cuando se trata de hablar de Claude Makelele. Este francés nacido en el Congo hace 35 años no se termina nunca, su leyenda se agranda año tras año y, a veces, me recuerda al vino, como más viejo, más bueno. Quizás no estemos hablando de un vino con denominación de calidad, pero sí de un vino peleón. Del mejor de los peleones.
Makelele, aquel escudero que hizo grande a Zidane, parece que no se canse nunca. Está en todas las partes del campo durante los noventa minutos, salta como nadie ante los balones aéreos, pese a su escasa estatura, y en el cuerpo a cuerpo se convierte en Goliath cuando en verdad es como David. Claude es aquel jugador que todo equipo debe tener. La entrega, la omnipresencia y la destrucción que atesora son su mejor aval ante sus pies cuadrados. Unos pies que eran el principio de las mejores jugadas de Zizou, tanto con los bleus como con el Madrid. Pero eso Florentino nunca lo entendió, y como Makelele ni es guapo, ni es alto ni vende camisetas, ese presidente autodenominado ser superior le obligó a abandonar un equipo de galácticos…para dar paso, acto seguido, al galacticidio.
Quizás Makelele no será nunca el mejor jugador de fútbol de la historia, ni aparezca en un equipo de estrellas mundiales; pero su trabajo oscuro es el que más agradecen las grandes estrellas que juegan a su lado. Ya lo dice Gattuso de él mismo: “si marcara goles, sería el jugador perfecto”. Lo mismo le pasaría a Claude, aquel futbolista que no quiere ser galáctico, ni desea hacer anuncios, sino que se conforma con ser el dueño del centro del campo. Los goles, si eso, ya los marcaran los cracks. Lo dicho, incombustible.